John, con mucha atención, miraba el llavero a contra luz. Una de esas llaves, una sola de entre las cinco, garantizaba el acceso a lo que serían las próximas penosas horas de su vida. No tendría por qué ser tan difícil alcanzarla, escogerla de entre el resto, para luego introducirla en aquel agujero en donde, por algunos segundos, encontraba su otra mitad y se complementaban, abriendo el cerrojo.
Estiró la mano izquierda y con el dedo índice empujó la llave más pequeña, que correspondía a aquel baúl a los pies de su cama. Regresó la mano y se rascó la nuca. Vamos, pensó, en algún momento tendré que hacerlo y es mejor salir de eso ahora mismo. Ahora que el llavero ya está descolgado…
Se sentó recto y bajó las rodillas, adquiriendo la popular pose de meditación. Por fin se levantó, desperezándose. Si tan solo no fuera necesario hacerlo; como si uno no tuviera suficientes preocupaciones con el trabajo, la familia, la novia y el perro del vecino que esperaba almorzar John en escabeche un día de estos.
Caminó en círculos por la sala y finalmente se encaminó hacia su cuarto. Una vez más miró el llavero e, inútilmente, contó las llaves, como si fuera a descubrir que sólo había cuatro y que la del armario había desaparecido. Soñar no costaba nada. Que la llave no estuviera sería tan conveniente…
Abrió la puerta del cuarto, limpiado y ordenado el día anterior, y suspiró con ganas. Tal vez mantenerlo así sería suficiente. Se veía lo bastante aceptable como para cualquiera, hasta para el Papa. Pero no, no era suficiente. Ella lo sabría, y ella vendría ese mismo día. Así que, llave en mano y en la posición correcta, se acercó hasta el armario y se preparó para la avalancha de ropa y objetos varios, con la penosa tarea de pasar la tarde entera poniéndolos en orden para ahorrarse un sermón materno...
miércoles, 19 de septiembre de 2007
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